El genocidio

 

El conflicto de Ruanda

 
 Ruanda es un país pequeño, de elevada densidad demográfica y relieve ondulado, situado en la región de los Grandes Lagos, en el África oriental. Una violencia intermitente y de apariencia étnica afecta el país desde finales de la época colonial hasta la actualidad.

Aunque los agentes directos de las matanzas y enfrentamientos han sido y son ruandeses, la influencia de potencias exteriores se ha hecho notar en muchas ocasiones y especialmente en el episodio más grave, el genocidio de 1994, que provocó entre 800.000 y un millón de muertos, civiles en su mayoría. Será ese genocidio el tema central que aquí se tratará.

Por otra parte, el hecho de que las líneas fronterizas actuales, que respetan las demarcaciones dibujadas en tiempos de las colonias, dividan grupos humanos que también habitan en estados vecinos, favorece la expansión de los conflictos armados, su contagio tanto desde el interior como desde el exterior del país.

Caracterización, actores, tiempo, espacio

En el transcurso de las últimas décadas, se han producido violentos enfrentamientos internos en Ruanda. El aspecto más visible han sido los combates entre tutsis y hutus que, a través de los años, han establecido organizaciones políticas y armadas propias. Pero la línea divisoria étnica -tradicionalmente cruzada por medio de amistades y bodas- no ha sido la única existente: de hecho, en el genocidio de 1994, desencadenado por el Gobierno en manos de los hutus radicales, murieron tanto tutsi como hutus moderados, simples opositores del poder por razones políticas.

En algunos países vecinos a Ruanda, como Burundi, RD Congo (ex-Zaire) o Uganda, viven también hutus y/o tutsis, ya sea de forma estable o bien como refugiados. Ello ha implicado en muchas ocasiones que esos países influyan en la situación de Ruanda y, viceversa, que los ruandeses actúen en el exterior.

El papel de los países ocidentales en el conflicto ruandés ha sido y es muy marcado. Bélgica, potencia colonial, optó desde el principio de su dominio por privilegiar a la minoría tutsi y convertirla en élite. La Iglesia expandió la noción de su superioridad respecto de los hutus y los colocó en los puestos clave de la administración colonial. En 1992, el parlamento belga tuvo conocimiento a través del embajador en Ruanda de que se preparaba una “solución definitiva” del problema étnico, pero no hizo nada al respecto.

Francia firmó un acuerdo de suministro armamentístico con Ruanda en 1975 y, en nombre de la francofonía, apoyó al régimen dictatorial de los hutus radicales a pesar de sus actuaciones inaceptables: sus oponentes tutsis, procedentes del exilio en Uganda, se habían convertido en anglófonos. Gérard Prunier califica el papel de Francia de “catalizador” del genocidio.

Estados Unidos, aliado del actual gobierno tutsi de Ruanda, patrocina la actuación de ese país, junto con Burundi y Uganda, en la guerra de rapiña que tiene lugar en la RD del Congo.

En cuanto a la ONU, que en 1993 envió una misión al país (MINUAR) con la finalidad de contener la escalada de violencia, optó por la pasividad cuando se inició el genocidio -visiblemente preparado y cuidadosamente organizado-. Las fuerzas de MINUAR no recogieron las armas que se distribuían entre los milicianos, a pesar de tener el mandato correspondiente y, en el momento inicial de las matanzas, evacúan el terreno y dejan desprotegidas a las víctimas. A pesar de todas las evidencias, la ONU no califica las matanzas de genocidio hasta el 25 de mayo, cuando buena parte de las masacres ya se han consumado.

El primer estallido de violencia interétnica se dió en 1959-1963. Desde entonces ha habido sucesivos brotes de intensidad desigual: 1973, 1990, 1994, sin que ello signifique que los años no señalados han sido pacíficos. La evolución histórica del conflicto puede verse en la cronología.

Causas del conflicto

El problema de fondo

La incompatibilidad más importante consiste en la decisión de las élites de hutus y tutsis de no compartir el poder, de disponer en exclusiva de las riendas políticas del país y de las prebendas que de ello derivan. La posesión de la tierra -un bien cada vez más escaso en una época de crecimiento demográfico- también enfrenta a ambas comunidades, agricultora una, pastoral la otra. En la base del conflicto actual -explicó McCallum en 1995- se encuentra el miedo de los tutsis a ser exterminados y el miedo de los hutus a ser explotados.

¿Qué base tienen ambos miedos? Una base amplia, si se mira hacia atrás, hacia las décadas inmediatamente anteriores, por el hecho de que las matanzas han sido recurrentes desde el fin de la era colonial y también porque la sociadad ruandesa había quedado estructurada de forma muy jerárquica y en ese orden -instaurado por la potencia colonial- los tutsis tenían reservados los puestos de dominio y poder. El hecho de que los tutsis sean minoritarios implica que nunca podrán gobernar en exclusiva de forma democrática.
“De hecho, la historia de Ruanda es una historia clásica de manipulación, de etnicismo fomentado, de mistificación de la historia (aquí no entramos en el debate sobre los orígenes de hutus y tutsis, pero cabe apuntar que hoy es uno de los argumentos más utilizados para hablar de las “diferencias” raciales y del “odio ancestral”), una historia clásica, pues, con una finalidad muy concreta: el poder” (Bru Rovira, 1999).

El contexto sociopolítico del genocidio

  • La situación en la que tienen lugar los acontecimientos de 1994 es de angustia económica: el campesinado se encuentra ahogado por la falta de tierras y por una pobreza creciente. La densidad de población en las tierras útiles llega a 380 habitantes por km2.
  • Una vez más, el papel de la Iglesia es determinante en una sociedad religiosa como la ruandesa. Dividida, una parte de la jerarquía apoya sin fisuras al gobierno de los hutus radicales mientras la otra intenta proteger a las víctimas con fortuna desigual.
  • La inducción al uso masivo de las armas se basa en los miedos ya mencionados, atizados de forma intensiva por medios de comunicación en manos de los hutus radicales, como la Radio Mille Collines. La facción hutu en el poder había previsto una “solución definitiva” al problema étnico que consistiría en “terminar el trabajo” -esto es, en no dejar vivos ni siquiera a los niños, a diferencia de ocasiones anteriores-. Una de las consignas más repetidas era: “¿Ya has matado a tut tutsi?”
    El proyecto genocida se pone en marcha como alternativa a la implantación de un plan internacional de paz promovido por varios países africanos (Acuerdos de Arusha) y que preveía que hutus y tutsis compartieran el poder político.
  • A la propaganda y al papel cómplice de una parte de la Iglesia se une el hecho ya citado de la potente jerarquización de la sociedad ruandesa: la población, disciplinada y obediente, no presentó demasiada oposición al papel que se le pedía -verdugo o víctima-, aunque también es cierto que buena parte de las víctimas fueron hutus que se negaron a asesinar a sus vecinos o parientes.

Formas de enfrentamiento armado

Los grupos armados oficiales como el Ejército ruandés o la guerrilla del FPR, acostumbraban a combatir con tácticas de infantería tradicionales, aunque sus acciones implicaban ataques a la población civil.

En 1994, los milicianos hutus radicales “interahamwe” usaron armas absolutamente primarias: machetes, mazos, hachas, garrotes, aunque a menudo las víctimas se remataban a tiros. Movilizaron masas enormes de civiles con los que consiguieron aniquilar los objetivos que se habían planteado. La organización fué muy cuidadosa y el resultado, eficaz. La elección de utilizar ese instrumental primario en lugar del arsenal del ejército respondía, según Ryszard Kapuscinski, al objetivo de crear una “comunidad criminal” que hiciera culpables a grandes masas de población y que las obligaría, así, a ser fieles a sus dirigentes.

Los enfrentamientos armados posteriores al genocidio, es decir, los ataques de milicias hutus contra las fuerzas tutsis ya instaladas en el poder, tienen forma de asaltos guerrilleros, generalmente nocturnos y sorpresivos. La población civil sigue sufriendo buena parte de las víctimas.

Papel de los medios de comunicación occidentales en el genocidio ruandés

El papel de los “media” occidentales en el genocidio ruandés ha merecido largas reflexiones. La razón fundamental es el hecho de que el genocidio propiamente dicho no fue filmado ni fotografiado ni contó con demasiados redactores. Los reporteros fueron llamados a sus sedes simplemente porque lo que ocurría “en el fin del mundo” no interesaba.
Tampoco la guerra civil entre el Ejército ruandés y las fuerzas del FPR mereció demasiada atención de nuestros medios.
La cobertura periodística llegó con la Operación Turquoise y el éxodo de hutus del mes de julio. Lo que se filmó y fotografió de forma masiva fueron los hutus ya situados en el Zaire (RD Congo actual) y sus benefactores humanitarios occidentales. El inconveniente consistía en que las víctimas que aparecían ante las cámaras lo eran del cólera y en que entre ellas se ocultaban los instigadores y organizadores del genocidio. La “Comunidad internacional” los alimentaba y atendía a la vista de todo el mundo. Pero las víctimas del genocidio nunca se vieron.

Consecuencias

Probablemente, nunca se sabrá cuántos muertos provocó el genocidio de 1994. Se calculan entre 800.000 y 1.000.000. Si fueron 800.000 equivaldrían al 11 por ciento del total de la población ruandesa y 4/5 de los tutsis que vivían en el país -hay que contar con los tutsis de Burundi y de los países vecinos en que se habían exiliado-.

Tampoco sabemos cuántas víctimas ha provocado la venganza tutsi. Aunque hay quien habla del “otro genocidio”, parece que no es en absoluto comparable.

Perspectivas de futuro

En general, y si las cosas siguen como hasta ahora, las perspectivas parecen poco esperanzadoras:

  • El poder está en manos de un círculo de tutsis cada vez más reducido en torno al “hombre fuerte”, Paul Kagame.
  • Los grupos hutus mantienen sus iniciativas armadas
  • El Gobierno ruandés participa activamente en la guerra de la RD Congo.
  • La represión gubernamental se mantiene intensa: a partir de 1997 se instaló población desplazada en campos vigilados y posteriormente se reinstaló en pueblos -algo que va en contra de la tradición del país: las familias viven dispersas en las colinas ruandesas-. El US Committee for Refugees calculaba unas 600.000 personas desplazadas en 2000.
  • La situación económica es grave: el 70% de la población viva bajo el nivel de la pobreza.
  • La aplicación de la justicia es lenta, desigual e ineficaz. Para depurar las responsabilidades del genocidio coexisten los tribunales propios del país, los “gacaca” o tribunales populares (ninguno de los cuales parecen demasiado eficaces) y el TPIR (Tribunal Penal Internacional para Ruanda), con sede en Arusha y qua hasta ahora ha dado muestras de una lentitud extrema. Hay unos 120.000 presos, a la mayoría de los cuales no se les ha abierto proceso. Muchos mueren como resultado de las condiciones en que se encuentran. Las víctimas del genocidio se muestran desanimadas. A veces, un detenido liberado es asesinado…
  • No existe ninguna iniciativa oficial en favor de la reconciliación.
  • El hecho de que el genocidio diezmara las élites intelectuales añade dificultades a la recuperación del país.

Pero hay también algunos aspectos positivos:

  • Se ha trabajado mucho en la reconstrucción de casas.
  • Proliferan las asociaciones de ciudadanos comunes y corrientes: de mujeres (a menudo solas y con experiencias horrendas a cuestas), de defensa del medioambiente, las cooperativas de crédito, etc. Pero la més influyente es la de las víctimas, “Ibuka” (“Recuérdalo”), que trabaja contra el olvido y el negacionismo y mantiene algunos lugares como recordatorio, como la iglesia de Nyamata y Murambi.

 

 

 

 

 

 

 

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Sacerdote condenado por genocidio

 

El Tribunal organizado por Naciones Unidas y que tiene como sede la ciudad de Arusha, en Tanzania, concluyó que Seromba ordenó la destrucción de su propia iglesia, en donde cerca de 2.000 personas de la etnia tutsi estaban refugiadas.

Los fiscales afirman que Seromba ordenó que la iglesia ubicada en Nyange, al oeste de Ruanda, se demoliera con máquinas excavadoras y los sobrevivientes ultimados con machetes y armas.

El sacerdote Seromba ha negado los cargos que se presentaron en su contra.

Se estima que 800.000 tutsis y hutus moderados murieron en el año 1.994 durante el genocidio.

El Tribunal ha juzgado a 31 personas desde que fue instaurado hace 12 años. Otros han enfrentado cargos en tribunales locales.

ATHANASE SEROMBA

Athanase Seromba, el primer sacerdote católico en ser juzgado por un tribunal, fue acusado por la muerte de los 2.000 tutsis que estaban en la iglesia de Nyange.

Las víctimas se encontraban dentro de la iglesia cuando fueron aplastadas vivas por medio de moto niveladoras que demolieron el lugar. Lo único que queda de la iglesia son vastos montículos de tierra y concreto, con algunas cruces y flores marcando el lugar de la masacre

. Uno más de los incontables sitios que se mantienen tal como quedaron después de los asesinatos colectivos.

La matanza de Nyange fue brutal, incluso para los estándares del genocidio de Ruanda. Los feligreses se habían refugiado en la iglesia, la cual fue rodeada por milicianos hutus, que cerraron sus puertas. Luego llegaron las moto niveladoras y arrasaron la edificación.

El sacerdote católico, quien era párroco del lugar, ha negado los cargos. Se lo acusó de supervisar el cierre de las puertas de la iglesia y la posterior matanza.

La iglesia católica ruandesa tenía vínculos con políticos extremistas. Algunos sacerdotes como Seromba fueron acusados de participar activamente en las matanzas, mientras que a otros se les señala por hacer la vista gorda frente a lo que estaba ocurriendo.

El Vaticano ha aceptado que se cometieron crímenes individuales, pero ha dicho que la iglesia como institución no puede ser culpada.

En 1.994, un 60% de los ruandeses se declaraban católicos, sin embargo, desde entonces muchos se han convertido al Islam, argumentando que la Iglesia Católica les falló.

ACUSACIONES DE VIOLACION POR SOLDADOS FRANCESES

Por otra parte, dos mujeres de la etnia tutsi dijeron ante una comisión establecida por el gobierno ruandés en la capital, Kigali, que soldados franceses violaron a mujeres ruandesas que se refugiaron en sus bases buscando refugio durante el genocidio.

Las relaciones entre ambos países, están al mínimo, después que en abril un juez francés pidiera que se juzgue al Presidente ruandés, el tutsi Paul Kagame, por el derribo del avión en el que viajaba su predecesor, el hutu Juvenal Habyarima, cuya muerte está considerada como el detonante de la masacre. Esto llevó a que Kagame cortara las relaciones diplomáticas con Francia. Kagali acusa a Francia de intentar distraer la atención sobre lo que fue la intervención francesa en el genocidio.

La comisión ruandesa está investigando las acusaciones de que tropas francesas entrenaron y armaron a los extremistas que planearon la masacre. Francia no quiso responder a las alegaciones y dijo haber creado ya su propia investigación y estar colaborando con el tribunal internacional.

 

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Los Juicios

El Papel de la Iglesia

 Ruanda todavía lucha para llegar a un acuerdo con el genocidio. No hay duda que la Iglesia católica incitó la tragedia. Fue la única institución más poderosa en el país después del gobierno y sus clérigos no estaban exentos del racismo penetrante del país.

El fracaso de la iglesia en crear la reconciliación sigue siendo una cuestión caliente en Rwanda. Un obispo es enjuiciado ahora por genocidio, el primero en la historia de la Iglesia católica. El Vaticano dice que el juicio es un ataque sobre la iglesia. Ha ayudado a organizar su defensa legal.

De la misma manera, también cuidó de los dos sacerdotes que estaban subordinados a Seromba en Nyange durante la matanza. Los tribunales de Rwanda los condenaron a muerte el año pasado. Esto contrasta con la protección de la Iglesia de Seromba, quien permanece en el extranjero y libre.

Seromba ha estado en Italia durante los pasados dos años con la connivencia de su obispo local de regreso en Rwanda quien sancionó su cargo de ultramar. Sin embargo, la protección de la iglesia de Seromba está por ser violada. Un expediente devastador sobre su participación voluntaria en el genocidio, basado en testimonios juntados en Rwanda por sobrevivientes, testigos y cómplices, será publicado como una hoja de cargos contra él por Derechos Africanos, la organización de derechos humanos De Londres. Derechos Africanos han investigado el genocidio y su secuela durante los pasados cinco años y consideran Seromba como uno de sus peores casos.

” A la luz de los testimonios, ” dijo Rakiya Omaar, directora de Derechos Africano, ” es seguramente imposible para la iglesia en Italia y en Rwanda, que las autoridades judiciales en Italia o el Tribunal Internacional criminal para Rwanda permitan a Fray Seromba simplemente dejar atrás su pasado. Las razones para su detención y procesamiento están fuera de cuestionamiento.”

Omaar también dijo que el grupo De Londres quería establecer cómo y dónde Seromba obtuvo su visa, quién la facilitó, si su visa había sido ampliada o su naturaleza cambiada y si había sido emitida con aquél nombre o el que él tiene en Italia, Anastasio Sumba Bura. Ella también dijo que Derechos Africanos también pedía al Tribunal Internacional Criminal con base en Tanzanía, para que Rwanda también investigara.

El grupo levantó el caso de Seromba en una carta de 10 páginas al Papa Juan Pablo el año pasado pero Omaar dijo que había sido “esencialmente                 descartado” y que ella no había oído nada de vuelta.

Un portavoz del cardenal dijo: ” Seromba nos ha sido presentado por su obispo y superiores en Rwanda. Ellos nos pidieron tomarlo un ratito entonces hicimos. Él esta aquí participando como sacerdote y estudia la teología y no sabemos nada más. Pero  parece ser un hombre muy bueno y no es agradable oír estas cosas.”

En el Vaticano hubo silencio. Pero una figura principal misionera quien conoció a Seromba cuando pasó por Kenia en su camino a Italia, ha sido sorprendido y consternado al saber la semana pasada que Seromba permanece en el sacerdocio y en Florencia.

Él dijo: ” en los términos de actitud e ideología, puedo decir que él era un extremista Hutu, una persona profundamente no cristiana y un sacerdote no genuino; muy probablemente él debería ser conducido ante un tribunal de genocidio. ” Era la primera vez que alguien en la Iglesia con alguna autoridad había osado dar un juicio negativo sobre el caso de Seromba.

Enfrentado a su iglesia, Seromba dijo al principio que él no quería hablar.

” No tengo tiempo, ” dijo. Presionado otra vez, insistió en que no había nada que él podría haber hecho para salvar a sus feligreses. Él no iba a confesar y estaba en paz con su Dios.

Un tribunal de Ruanda en abril de 1998 condenó, a los colegas de Serumba, los frailes Jean Francois Kayiranga y Edouard Nkurikiye, a muerte después de encontrarlos culpables de crímenes contra la humanidad. Al conductor de la excavadora, le dieron prisión de por vida. Aproximadamente 800,000 Tutsis y Hutu moderados han sido matados por extremistas Hutu en la orgía de muerte de 100 días en 1994.

En un caso separado, el obispo Augustín Misago de Gikongoro en Rwanda del sur, fue a juicio en septiembre bajo los cargos de colaboración con funcionarios en los proyectos de exterminación Tutsi.

        

Las monjas se implicaron también  

Derechos Africanos van tras de otro presunto genocida clerical. En un informe de 62 página que documenta la participación presunta de Sores. Gertrudis Mukangango y. Julienne Kizito en las muertes de hasta 6,000 Tutsis, ellos llamaron al sistema belga judicial para procesar a las dos monjas.

El grupo dijo que su informe mostraba que los miembros del clero católico belga habían ” procurado interferir con el proceso de la justicia. ” African Rights dijo que sus conclusiones han sido basadas en el testimonio de 34 testigos de la matanza en Sovu, Rwanda, desde abril hasta julio de 1994. Estos incluían sobrevivientes, otras monjas, prisioneros acusados de genocidio y los residentes de Sovu.

Las monjas habían estado viviendo en la orden benedictina en Maredret, Bélgica, desde agosto de 1994. La orden declinó comentar el informe. El informe dijo que la fe incondicional de la orden sola no podía explicar por qué las mujeres permanecían en libertad cuando había tantas personas preparadas para declarar sobre su participación en el genocidio en Sovu.

” El ejemplo de la respuesta de la Iglesia a las acusaciones contra las monjas Sovu levanta … la más amplia cuestión de la postura política de la Iglesia católica, antes, durante y después del genocidio 1994, ” dijo.

El informe decía que el comportamiento de algunos en el monasterio belga ” sugieren que en el corazón de la Iglesia católica en Bélgica hay clérigos listos no sólo para tolerar las sospechas de genocidio, sino para trabajar junto a ellos, y hasta hacer todo lo que esté en su poder para encubrirlos.”

Reuters, 2/28/00, 11/24/99, 11/21; London Sunday Times, 11/21

    

Encarcelan a monjas por genocidio

En Bélgica, un tribunal de crímenes de guerra sentenció a dos monjas a entre 12 y 15 años de prisión por su participación en el genocidio de Ruanda, ocurrido hace siete años.

Las religiosas ruandesas fueron halladas culpables de homicidio este viernes.

La hermana Gertrude Mukangango recibió una pena de 15 años por su intervención en la matanza de 7.000 personas que buscaban refugio en su convento, en el sur del país.

Por su parte, la hermana María Kisito Mukabutera fue sentenciada a 12 años de cárcel por el mismo cargo.

Además, dos hombres acusados de haber colaborado en el plan y en su ejecución recibieron una pena de 20 y 12 años, respectivamente.

Se trata de los primeros civiles juzgados por crímenes de guerra cometidos en otro país.

“Muy positivo”

Los fiscales del tribunal belga habían solicitado cadena perpetua para los cuatro acusados.

Todos fueron procesados por su complicidad en el genocidio que duró 13 semanas y resultó en la muerte de 800.000 tutsis y hutus moderados.

El gobierno de Ruanda recibió con beneplácito el veredicto.

“Es muy positivo que Bélgica combata y castigue crímenes contra la humanidad cometidos en nuestro país”, dijo a la agencia Reuters el ministro de Justicia de Ruanda, Jean de Dieu Mucyo.

“Otros países deben seguir su ejemplo”, añadió.

Un abogado de los familiares de las víctimas también expresó su satisfacción por la sentencia.

“Creo que el veredicto es equilibrado, aunque les parezca severo a los acusados”, afirmó Eric Gilet.

El juicio

Los 12 miembros del jurado tomaron su decisión luego de deliberar durante la mañana del viernes.

Varios sobrevivientes de la matanza contaron ante el tribunal cómo las dos monjas entregaron a miles de personas que buscaban refugio en su convento.

Además, las religiosas suministraron latas de combustible a las milicias hutus, que incendiaron un garage que albergaba a unas 500 personas.

Los otros sentenciados a prisión son el ex profesor universitario Vincent Ntezimana y el ex ministro de Transporte Alphonse Higaniro.

Todos los acusados, que vivían en Bélgica, sostuvieron su inocencia hasta último momento. Según sus abogados, fueron víctimas de una conspiración.

Precedente

El proceso, que duró dos meses, se realizó al margen del tribunal penal de Naciones Unidas para los crímenes de guerra cometidos en Ruanda que tiene sede en Arusha, Tanzania.

Es la primera vez que Bélgica pone en práctica una ley aprobada siete años atrás, que permite a sus tribunales encausar casos de violaciones de los derechos humanos incluso si se éstas ocurren en el exterior.

Grupos de defensa de los derechos humanos esperan que el fallo siente precedente y dificulte a los criminales de guerra la búsqueda de santuarios en otros países.

Ruanda fue colonia de Bélgica, que ha mantenido vínculos e influencia en la región.

El juicio se efectuó en tribunales belgas debido a la preocupación de que la antigua potencia colonial europea no había hecho suficiente para frenar el genocidio.

 (MG)BBC – Viernes, 08 de junio de 2001 – 21:31 GMT

 

   

Referencias

(CDO) Los Corazones de la Oscuridadhttp://www.thelinkup.com/rwanda.html

(IH) La Impia Herencia de las Misiones – Covert Action Quarterly – http://mediafilter.org/CAQ/CAQ52Rw2t.html

(MC) Boston Globe – 12/12/96 – Elizabeth Neuffer 

(MG) BBC – Viernes, 08 de junio de 2001 – 21:31 GMT

(IP) Ruanda – Las Iglesias Protestantes y el Genocidio – http://www.unimondo.org

 

 

Las Iglesias Protestantes y el Genocidio

Una peticion al Consejo Mundial de las Iglesias en Harare

Como los miembros de las Iglesias Protestantes se encuentran en Harare con motivo del quincuagésimo aniversario  del Concilio Mundial de las Iglesias, Derechos Africanos pide a los líderes de la Iglesia que examine la evidencia aplastante de que los líderes de las Iglesias anglicanas, Libre Metodista y Presbiteriana – entre otros – han estado implicados en el genocidio 1994 en Rwanda. Reclama al concilio a buscar modos nuevos de hacer una contribución hacia el proceso de justicia en Ruanda, y a través de eso, a la curación y reconciliación en esta turbada nación.

  Ruanda era el país más cristiano en África; la tragedia del genocidio de 1994 sacudió todas las Iglesias cristianas, en particular la Iglesia católica, a la que pertenecía la mayoría de los Ruandeses. No sólo fueron responsables los miembros “cristianos” de las congregaciones de cada denominación en Rwanda de las atrocidades más espantosas, sino que tantas matanzas ocurrieron en las parroquias donde los objetivos del genocidio buscaban el santuario. Aún más perjudicial a la Iglesia fue el comportamiento de sus líderes. Como los Católicos, ¿ muchos en la jerarquía de las Iglesias Protestantes tenían estrechos lazos con el régimen de Presidente Juvénal Habyarimana, el ex Presidente la cuya muerte, cuándo su avión fue derribado el 6 de abril provocó la matanza de hasta un millón Tutsis y Hutu  políticos conocidos y sus familias?
  Después de años de aceptar privilegios del régimen Habyarimana y pasar por alto sus injusticias, los líderes de Iglesia mantuvieron su silencio ante el genocidio. Fue después de cinco semanas de que las matanzas comenzaron, tiempo en el que cientos de miles de Tutsis estaban muertos, que los líderes Protestantes y Católicos conjuntamente publicaron una súplica tardía y débil por la paz, firmada por algunos de los obispos que están acusados  de la participación en el genocidio.
  Muchos de los líderes de la Iglesia han reconocido que la Iglesia en Rwanda fracasó como institución, aunque el clero individual mostrara un coraje inmenso, arriesgando sus vidas para salvar las de otros. Ellos han estado menos dispuestos a comentar sobre las acusaciones específicas contra ciertos clérigos. La Iglesia en Rwanda estaba profundamente dividida hacia el final del genocidio, con la mayor parte de sus líderes escapando del país después de la derrota militar del gobierno anterior. Pero esto ha sido dejado para bregar  sin una respuesta decisiva a la crisis por parte de ninguna de las Iglesias exteriores, u otros cuerpos de la  Iglesia en posición para intervenir.
 
  La experiencia de Rwanda destaca una carencia alarmante de responsabilidad dentro de las Iglesias. En instituciones de tal tamaño e influencia, que, en particular en África, tienen un papel clave como la espina dorsal de la sociedad civil, esto es inaceptable. En última instancia los obispos y pastores involucrados son empleados de la Iglesia. La evidencia aplastante de que ellos no sólo fallaron en sus deberes, sino de que ellos violaron principios cristianos, seguramente deben ser razones para la investigación y, si es probado, para el despido. El hecho de que tantas  acusaciones vienen de otros miembros del clero muestra solamente cuán profunda es la crisis para la Iglesia.


  En este informe, Derechos Africanos da los detalles de las actividades de un numero de obispos anglicanos que se juntaron en la Parroquia de Shyogwe en Gitarama durante el genocidio. Samuel Musabyimana, el obispo anterior de la diócesis, ha sido acusado por dos pastores anglicanos y varios amigos anteriores de haber traicionado a los Tutsis que vinieron a él por protección. A la mayor parte de ellos los devolvió a los brazos de la milicia que esperaba en las barricadas cercanas. Los pocos que aceptó ocultar eran Tutsis educados, el primer objetivo del genocidio. El 6 de mayo, se dice, que él trajo la milicia a sus escondrijos, luego que los supervisó y los animó cuando ellos se llevaron a los refugiados en una furgoneta para ser matados en otra parte.


  Musabyimana
fue a  menudo visto con los ministros del régimen intermedio, que, como se dice, se han encontrado con regularidad con él y otros obispos en su casa. Allí ellos planearon la campaña de propaganda que vio al Arzobispo Augustín Nshamihigo y el Obispo coadjutor de Kigali, Jonathán Ruhumuliza, describiendo al gobierno responsable de orquestar el genocidio como “pacífico” en una rueda de prensa de Nairobi a principios de junio de 1994. Las acusaciones contra el clero de las iglesias Metodista Libre, Presbiteriana, Bautista y Adventista de séptimo Día son igualmente espantosas. 

Según sobrevivientes, el Obispo Aaron Ruhumuliza, el jefe de la Iglesia de Metodista Libre en Gikondo, Kigali, ayudó a la milicia a realizar una matanza en su propia iglesia el 9 de abril de 1994. Michel Twagirayesu, el Presidente de la Iglesia Presbiteriana de Rwanda y vicepresidente anterior del consejo mundial de iglesias es acusado de haber  trabajado estrechamente con los asesinos en la fortaleza Presbiteriana de Kirinda, Kibuye, traicionando a los feligreses y los camaradas del clero por igual. Aún estos hombres, contra quien es hay tal evidencia irresistible, permanecen inmunes de la justicia. 

Mientras tanto, los hombres, mujeres y niños acusados de menores ofensas cuya participación en el genocidio fue sin la duda bajo la influencia del ejemplo dado por los lideres de la iglesia, permanecen en las prisiones atestadas de Rwanda. Considerando la enorme carga tanto sobre el sistema de justicia en Rwanda como sobre el Tribunal Internacional Criminal para Rwanda, la carga de responsabilidad de asegurar que se hace justicia descansa firmemente con las Iglesias. Mientras las Iglesias siguen abrigando a hombres y mujeres acusados de crímenes atroces, ellos no pueden ofrecer la clase del mando moral y mando espiritual que Rwanda, y África, tanto necesitan.


  Al escribir esta petición, esperamos asegurar que todos los miembros del consejo de Iglesias Católicas están totalmente informados de la naturaleza de las acusaciones contra sus colegas del Clero. Ellos son acusados de participar en el genocidio; su culpa o inocencia sólo pueden ser decididas por un limpio proceso de justicia, pero pocos han sido aún sujetos de investigaciones. Urgimos al Consejo de Iglesias Católicas  a escuchar las voces de los sobrevivientes y algunos clérigos, ellos mismos. Sus testimonios son relatos extremadamente dolorosos del sufrimiento humano y la traición. Ellos deberían ser oídos, y exigen una respuesta apropiada. (IP)

Dos dramáticos testimonios del genocidio rwandese de 1994 concedidos a la televisión italiana

Kigali (Agencia Fides) – A 10 años del genocidio rwandés de 1994, la palabra “genocidio” resuena una vez más en la región de los Grandes Lagos. Las acusaciones realizadas por algunos representantes de la etnia Banyamulenge, los tutsi congoleños originarios del Rwanda, de un intento de exterminio de su etnia al este de la República Democrática del Congo, se han revelado felizmente faltos de fundamento.
¿Pero qué significa haber pasados por el genocidio, ver los seres queridos tragados por la máquina del exterminio de masa? ¿Qué deja en el ánimo de los supervivientes esta violencia inaudita? He aquí lo que ha dicho el Padre Dominique Karekesi, Director de la Oficina de Comunicaciones Sociales de la Archidiócesis de Kigali, en una entrevista a la televisión italiana.:
“He sido víctima del genocidio de 1994 y he perdido a todos mis seres queridos. Comparto esta pena con los otros. El problema hoy es el perdón, el problema hoy es la reconciliación, el problema hoy es vivir junto a otro que ha matado. Cuando ocurrieron las matanzas, los que las perpetraron decían que lo hacían en nombre de Dios. Es una blasfemia, y habría que preguntarse si estas personas sabían lo que hacían. Hoy todo es ya pasado, pero este pasado emerge cada día ante nuestros ojos, este pasado pesa sobre todos nosotros, pero tenemos que afrontar el futuro con más confianza, con más fe en la verdad de la vida cristiana.
En efecto, el “no perdonar” es también una blasfemia, el “no perdonar” no lleva a la reconciliación. Lo que más cuenta es el perdón y no la difamación. Vivir el perdón de Dios es lo que tenemos que llevar a la práctica, es esto lo que debemos intentar entender y vivir”.
Otro sacerdote, el Padre Augustin Karekesi del Centro Christus de Kigali ha dicho en el programa “Los Diez Mandamientos – El coraje de Amar”:
“En Rwanda podéis ver las Iglesias llenas, con la gente que canta, pero el camino de la reconciliación es todavía largo. ¡Porque son cristianos los que han matado, y cristianos los que han sido matados! Yo soy testigo de todo esto.
¿Quién podrá jamás olvidar aquella locura que cogió a todos? Esta es una zona de guerras feroces, pero nadie habría imaginado nunca lo que sucedió y esto nos tiene que hacer reflexionar sobre el futuro de África. Aquí se han cometido asesinatos inenarrables en nombre de Dios. Dios anunciado por nosotros, sacerdotes como pacificador de los hombres. ¡La Verdad es que aquí se mata contra el mandamiento de no matar y contra el mandamiento de no tomar el nombre de Dios en vano, porque lo más atroz y es que se mate en nombre de Dios!
Ahora sólo el perdón y una justicia ejercitada con misericordia podrá reconducir la paz definitiva y así reunirse de nuevo como hermanos, pero nadie olvida el alcance de este genocidio, ¡aquellos muertos, aquel martirio de masa nos ayuda a redescubrir el Amor, y a no alimentar nuevos odios y nuevos genocidios!”. (L.M) (Agencia Fides 30/6/2004 Líneas: 37 Palabras: 519)

 

http://www.fides.org/spa/news/2004/0406/30_2881.html

 

 

 

 

 

Un General ante 800.000 muertos. Roméo Dallaire

Fue testigo de excepción del genocidio de Ruanda de hace 10 años. El general canadiense Roméo Dallaire dirigía las tropas de paz de la ONU, pero su misión se convirtió en una pesadilla de 800.000 muertos. Ahora publica un libro contando cómo el mundo cerró los ojos a la masacre…

Por Sol Alameda
02/11/2004:
www.solidaridad.net

 

 

Asistió a la mayor masacre del siglo después del holocausto nazi

        En Quebec fantaseó un poco. La ONU le ofrecía una misión de paz y él quería saber cómo eran esa clase de operaciones después de la guerra fría. Se imaginó de niño jugando con sus soldados de plomo sobre la alfombra. Incluso esa visión le duró tras llegar a Ruanda, un país que no sabía dónde situar y del que le gustaron los horizontes que se perdían entre montañas azules, el verde intenso, los lagos… Todo era hermoso, primitivo, y él iba a garantizar, con su mandato de la ONU, que el tratado de paz recién firmado entre dos fuerzas combatientes, los tutsis y los hutus, se pusiera en marcha, formaran un Gobierno transitorio y se celebraran elecciones. En vez de eso, asistió a la mayor masacre del siglo pasado tras el holocausto nazi. Vio muertos hasta vomitar. Supo que 800.000 tutsis eran masacrados sin poder hacer nada, y que tres millones de refugiados y heridos vagaban por los senderos de la región mientras los cadáveres flotaban en los ríos y en el lago Victoria. J’ai serré la main du diable (Yo he estrechado la mano del diablo) es el libro donde lo cuenta. Al principio escribió 2.000 páginas, que finalmente han quedado reducidas a 700. Su testimonio es un minucioso informe de cómo actuó la ONU, de qué manera las grandes naciones se encogieron de hombros ante una tragedia inmensa; de cómo los intereses particulares de algunos países se abrían paso chapoteando entre la sangre de los africanos.

A punto de enloquecer

        Roméo Dallaire tiene los ojos muy azules; un hoyuelo en la barbilla, como Michael Douglas; es alto y fuerte; es decir, tiene la pinta de un militar prototipo, de esos que podrían protagonizar un anuncio de «Venga usted a enrolarse en nuestras fuerzas armadas». Pero también encarna esas virtudes del buen militar que algunos imaginan que pueden desarrollar al entrar en la milicia o que se leen en las novelas. Es valeroso, defensor de los débiles, honrado, sincero. Y sensible. Todo eso, como a veces también pasa con los sueños, le ha costado muy caro. Al regresar de Ruanda enfermó de tal modo que durante años ha permanecido como un zombi. Ha intentado suicidarse varias veces. Ha odiado el silencio, que se le llenaba de cuerpos mutilados y mujeres violadas. Sólo resistía vivir sumido en medio de un ruido ensordecedor. Finalmente escribió su libro, y ahora se dedica a contar, a quien quiera escucharle, lo que ocurrió en Ruanda en 1993 y 1994.

 

Lo primero que aparece en su libro es la sorpresa que le produjo entrar en el departamento de operaciones de Naciones Unidas para mantener la paz, en Nueva York, la DOMP. Era una oficina donde nada funcionaba, sin un lugar donde ponerse a trabajar.

        Sí. Todo era escaso. La Unicef o el Alto Comisionado para los Refugiados estaban mucho mejor dotados. Había oído comentar que ese departamento estaba formado por personas que trabajaban lo mínimo, a quienes nunca se hallaba en el puesto de trabajo en caso de emergencia. Vi que la actitud era negativa, y las injerencias del departamento de asuntos políticos, constantes. Me resultaba imposible coordinar una reunión para organizar la misión que se me había encomendado. Descubrí que existía toda una cultura de guardarse la información, porque la información es poder. Nadie me decía nada. Ni siquiera me dijeron que la ONU había estado presente en la firma del alto el fuego.

Llegó a Ruanda, en octubre de 1993, con un mapa turístico del país que le dieron en la ONU, y al mando de una misión que desde el principio consideró insuficiente para el trabajo ques debía realizar. ¿Por qué aceptó tanta rebaja como se le fue imponiendo?

        Me dijeron que la misión debía ser reducida en cuanto a efectivos, y costar lo menos posible. Si no, nunca sería aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU. De todos modos pensé que sería suficiente, que podría ampliarse más adelante… Luego comprendería que al enviar la misión de paz a Ruanda no se trataba de responder a las exigencias de la situación, sino de evaluar estas exigencias en función de los recursos limitados que teníamos. Es decir, de pronto me encontré con un problema moral entre las manos.

¿Fue ingenuo?

        Debía trabajar con una opción y pensaba que era razonablemente viable, aunque la reducción de efectivos a 2.260 soldados implicaba más riesgo. Pero estaba ilusionado, iba a llevar la paz a Ruanda. Luego, cuando todo se complicó, era tarde, pero un soldado no abandona a su tropa.

Cuando fue a Addis Abeba para reunirse con una comisión económica de la ONU que valoraba la situación en Ruanda, cuenta que de pronto, en medio de África, le pareció estar en Ginebra.

        Nunca había visto tantos Mercedes aparcados. Los funcionarios llevaban ropa hecha a medida, mientras la pobreza les rodeaba. La verdad es que el cinismo de esa gente me heló la sangre. Alguien dijo, no sé si allí o en otro lugar, que en Ruanda no había materias primas, que no era un lugar estratégico, que sólo había gente. En Kigali, la capital, los diplomáticos se reunían en cócteles. y nunca conseguí que compartieran conmigo lo que sabían. Tampoco lo hacían los principales políticos de los partidos que debían participar en la formación de un Gobierno de transición para preparar elecciones.

Su libro se llama ‘Jlai serré la main du diable’ (‘Yo estreché la mano del diablo’). ¿Sabe cuándo lo hizo por primera vez?

         Sí, cuando visitaba y hablaba con esos políticos ruandeses sin saber que algunos de ellos eran los hombres que llevarían a cabo el genocidio. Mientras yo trataba de evaluar la situación junto a ellos, ellos me estaban tomando la medida. Resulta que los partidarios de la línea dura, dentro de los hutus, entre los que había gente del Gobierno provisional y del Ejército, habían comprendido muy bien que Occidente estaba obsesionado por Yugoslavia y por la reducción de sus fuerzas militares en misiones internacionales; que no querían implicarse en el centro de África. Puede que los extremistas nos tomaran, a mí incluido, por unos imbéciles. Yo podía suponer que Occidente no quería consagrar muchos recursos para asegurarse un papel de policía planetario, pero ellos tenían la certeza de que era así. Nos conocían mejor que nosotros a ellos. Cuando prendieron a diez soldados belgas, acusándoles falsamente de haber derribado el avión presidencial, y los mataron, yo me pregunté cómo reaccionaría la comunidad internacional, si me daría más apoyo para parar la locura que iba a desencadenarse o si, como en Somalia, la ONU utilizaría esas muertes como excusa para huir. Ellos, en cambio, sabían que los belgas se retirarían unilateralmente del país y que eso iba a ser un factor determinante para el resto de mi misión. Los mismos oficiales belgas no entendían por qué les sacaban del país cuando más necesarios eran. Ése es el momento que los radicales ruandeses están esperando para iniciar la masacre. Ellos saben que es el momento.

¿Por qué los extremistas hutus sabían antes que usted lo que la ONU decidía?

        Tenían su propio embajador en Naciones Unidas. Como la representación de los países se hace por rotación, su embajador estaba por casualidad en el consejo en ese momento. O sea, que recibían todas las informaciones sobre las negociaciones, las discusiones, tenían acceso a todo lo que pasaba. Pero lo peor es que cuando el consejo se dio cuenta de que se estaba produciendo una destrucción masiva de seres humanos, no echaron al embajador que representaba a los extremistas; lo dejaron seguir en su puesto. A pesar de que varios representantes querían que se fuera, los peces gordos se negaron para no sentar un precedente… Ni siquiera para detener un genocidio se quería sentar un precedente. Ruanda seguía siendo un país soberano, aunque se violara, se exterminara y se cometieran crímenes contra la humanidad.

En Naciones Unidas rechazan una y otra vez todas sus propuestas de actuar, con el argumento de que los ruandeses deben ser dueños de su futuro. incluso cuando pide permiso para decir que la ONU apoya a los moderados de las dos etnias, tutsis y hutus, le contestan que ni hablar, que es una injerencia. Mientras el Consejo de Seguridad se manifiesta de ese modo, en Ruanda hay asesores franceses, belgas, alemanes. Y el jefe del movimiento FPR, de los tutsis, le dice que su ejército estuvo a punto de ganar la guerra contra los hutus, pero que las tropas francesas lo impidieron. Muchas veces se queja y se pregunta si es la indiferencia lo que impide que se pare la matanza o si hay algún tipo de interés por parte de esas naciones. ¿Ya sabe qué era?

        Las dos cosas. Los que podían intervenir, después de la derrota de los norteamericanos en Somalia, donde hubo 18 muertos, decidieron que abandonaban la misión. Si no había un valor estratégico en un país –por su situación geográfica o sus recursos, como diamantes o petróleo–, no intervendrían. Es una decisión de los grandes países. Y los países de media potencia, que no tienen capacidad estratégica, dijeron simplemente que el riesgo era demasiado grande y decidieron dejar las cosas como estaban. Así entendí que el negro africano, por sí mismo, no tiene ningún valor para las grandes potencias. Ahora vemos que tienen misiones los británicos en Sierra Leona y los franceses en Costa de Marfil. Pero el Congo está en plena destrucción y nadie quiere intervenir.

Pero si no les interesaba, ¿por qué los franceses impedían que ganaran la guerra los tutsis?

        Los franceses se mueven en la zona por la llamada francophonie, por el orgullo de controlar. E invariablemente ayudan a los hutus. Enseguida comprobé asombrado que tanto franceses como belgas y alemanes tenían allí consejeros a docenas. Ellos sí sabían lo que pasaba, pero ninguno proporcionaba a la ONU, es decir, a mí, su representante., la información que poseían. Y al mismo tiempo, esos países que estaban en el Consejo de Seguridad tampoco dejaban a la ONU, a mí, montar mi propia unidad de información, porque, decían, el mandato no contemplaba eso. Incluso cuando tuve constancia de que se pasaban armas de contrabando a través de la frontera de Uganda y pedí permiso para buscarlas, me contestaron que no.

Kofi Annan estaba al mando, junto a otros dos, era un triunvirato, de la organización de la ONU para la paz. ¿A él lo salva?

        Yo ni salvo ni condeno. Me limito a contar lo que sucedió. Lo que vi.

La masacre, los asesinatos de tutsis con machete, comienza en marzo de 1993. Entonces empieza a actuar lo que usted llama ‘Tercera Fuerza’. ¿Qué es la ‘Tercera Fuerza’?

        Sí, y aparecen los cadáveres flotando en los ríos y en el lago Victoria. Desde Burundi, donde había habido un golpe de Estado, llegaban miles de refugiados; 300.000 en unos días. La Tercera Fuerza no es algo que se improvisa o que surge de modo espontáneo. Fue organizada durante meses. El partido hutu, extremista, estuvo entrenando a grupos de jóvenes desde hacía tiempo. No es algo que surge. Se trata de un método, de un plan ideado para exterminar a los tutsis. Son escuadrones de la muerte a los que enseñan el uso de armas y la forma de asesinar. Todo está organizado, los espías extremistas están infiltrados en la armada gubernamental, en las fuerzas de la ONU. Mientras, la radio lleva emitiendo mensajes racistas durante meses. Sólo se espera una señal para empezar a matar a los tutsis y los hutus moderados.

De todas las atrocidades que vio, ¿cuáles le han perseguido más después?

        Las escenas de violaciones. Les introducían palos y botellas que rompían; les cortaban los pechos. Todas esas escenas con mujeres, para mí, con mi cultura, me parecían lo peor que se puede imaginar. Aun muertas, veías en los ojos de esas mujeres el horror y el sufrimiento, la indignidad que habían padecido. Muchas veces mataban a los niños delante de sus padres, les cortaban las extremidades y los órganos genitales, y les dejaban desangrarse. Luego también mataban a los padres. Había gente que pagaba para que les pegaran un tiro en vez de ser matados con machete. Pagar por cómo morir…

Cuenta en el libro algo sorprendente: que algunos extremistas que dirigían las masacres se habían educado en Occidente. ¿Para qué sirve la educación?

        Es cierto. El extremista, o el africano que está en la estructura política de élite, es una persona muy bien educada, estudia en las mismas escuelas que nosotros y conoce muy bien la política internacional, cómo llevar su país, cómo manipular los medios de comunicación. Están extraordinariamente bien formados intelectualmente. El problema es cómo se les puede inculcar el sentido del humanismo, el respeto de los derechos humanos… Por ejemplo, uno de los jefes de los extremistas estaba en Canadá durante las crisis entre Quebec y Canadá, y pudo ver cómo actuábamos nosotros. Simplemente con la educación no se puede garantizar que toda su historia y su pasado se eliminen. Pero hay que trabajar en ese sentido. El hijo de Habyarimana (jefe extremista hutu) estaba en el colegio con mi hijo en Quebec, en 1994.

Después de su experiencia en Ruanda, ¿ha perdido la fe en la humanidad?

        Para nada. Soy optimista porque si no lo fuera, estaría muerto. Pero es un optimismo que he adquirido con los años, cuando me he dado cuenta de que todo esto sólo puede cambiar con mucho tiempo, con muchos esfuerzos individuales; quizá necesitemos siglos. Yo creo que con los movimientos de los derechos humanos, con la implicación cada vez mayor de las ONG, con la creación de instituciones como la Corte Penal Internacional, pienso que tal vez dentro de dos o tres siglos dejaremos de autodestruirnos por nuestras diferencias. Y creo que tardará sólo tres siglos si trabajamos duramente. Porque si no, ni siquiera entonces lo lograremos. Pero un día todos los hombres serán tratados con dignidad y serenidad, y sus hijos tendrán la posibilidad de recibir educación y podrán seguir avanzando. Pero eso pasará cuando el 20% de los países desarrollados ofrezca los recursos necesarios para que el 80% que sigue en el barro y el sufrimiento alcance un nivel de dignidad y respeto.

Usted es de Quebec, pero después de haber visto lo sucedido en Ruanda ha dejado de ser nacionalista.

        Lo que impide que la humanidad avance es la soberanía y el nacionalismo. Porque la soberanía ha sido lo que los países han utilizado para no acabar con los regímenes autoritarios. En nombre de la soberanía, usándola como excusa, se puede justificar el racismo y se hacen cosas espantosas. El nacionalismo es una espada que corta por los dos lados. Es bueno para dar ánimos a los ciudadanos, para enaltecer, pero cuando se utiliza como arma política se identifican las diferencias que aseguran que la gente es diferente y que deben defender esa diferencia. Y en este contexto la humanidad no avanza. El racismo no es otra cosa que considerar que hay seres humanos que no son tan humanos como nosotros, lo cual significa que no somos todos iguales. Yo lo que digo es que somos todos iguales.

Una de las personas que peor quedan retratadas en su libro es el enviado personal del entonces secretario general de Naciones Unidas, Butros Butros-Gali.

        Se cruzó de brazos, no actuó ni me dejó hacerlo. Decía que no había que comprometer el proceso político. Incluso llegó a cambiar uno de mis informes y a escribir que todo progresaba, lenta pero constantemente.

Otro momento de gran enfado suyo se produce cuando se presenta uno de los fundadores de Médicos Sin Fronteras para llevarse huérfanos a Francia, porque, dijo, la opinión pública francesa estaba consternada con lo que ocurría en Ruanda.

        Sí. Le solté muy enfadado que lo que quería era calmar las conciencias… Llegó rodeado de periodistas. Él mismo volvió más tarde, ya con mandato de la ONU, para establecer una zona de seguridad. Era una actitud muy hipócrita, porque yo sabía que los franceses estaban al corriente de que sus aliados eran los responsables de las masacres.

¿Cuánto costó que la ONU aceptara denominar genocidio lo que ocurría en Ruanda?

        Los norteamericanos fueron los que se opusieron con más fuerza. Se negaban a que se usara ese término. Yo me preguntaba qué diferencia había entre lo que estaba ocurriendo allí y lo que hicieron los nazis en Alemania. No podía entender que después de que los occidentales dijeran tantas veces que eso no podía volver a pasar ocurriera de nuevo. Por lo visto, nos estábamos refiriendo a los blancos, pero no a los negros. La ONG OXFAM fue la primera en usar la palabra genocidio. Yo lo consulté a Nueva York, y nadie me respondió jamás. Pero nunca pude imaginar la controversia que iba a producirse por ese motivo. A mí siempre me pareció la palabra exacta y comencé a usarla.

Después de leer su libro, la ONU se muestra como algo ineficaz.

        El genocidio ruandés es la prueba de la incapacidad de la humanidad para atender a la llamada de un pueblo en peligro. La ONU sólo es un símbolo de que la comunidad internacional ha fracasado, de que no tiene la voluntad política ni los medios materiales necesarios para impedir la tragedia. Pero las potencias mundiales desgraciadamente no han cambiado desde Ruanda. Hace falta una voluntad inflexible y los medios precisos para pasar del siglo XX de los genocidios al siglo del respeto a la humanidad. Para ello, la ONU debe renacer, cosa que los burócratas o el secretario general no pueden hacer solos. Los países miembros deben pensarse su papel. Si no, la esperanza de acceder a una nueva edad de la humanidad morirá. Sé que una ONU fuerte e independiente no le interesa a nadie. Ni con una reputación envidiable. Quieren que sea débil para poder culparla de sus fracasos. Pero la necesitamos y hay que luchar por transformarla. Está debilitada porque los cinco países permanentes, y sobre todo los norteamericanos, la quieren así. Ya empieza a ser hora de que las potencias medias (como España, Canadá, Italia … ) tomemos nuestras responsabilidades y demostremos a los grandes de Naciones Unidas que se pueden resolver los problemas (como Irak) de otro modo. Yo no creo en las coaliciones conducidas por las grandes potencias. Porque no son transparentes. Sinceramente, sólo les mueven los intereses. Pero en Naciones Unidas todavía hay suficientes personas que creen en la humanidad y hay que apoyarlas.

¿Tuvo presiones para no publicar este libro?

        Ninguna presión en el contexto diplomático. Lo que sí me pidieron es que me esperara hasta después de testificar en el Tribunal Internacional de crímenes contra la humanidad en Ruanda.

¿Cómo fue su vida después de Ruanda?

        Regresé a Canadá, me hicieron comandante adjunto del Ejército, di muchas conferencias sobre Ruanda. Después de unos años empecé a decaer, necesitaba dormir. Estaba lleno de imágenes de Ruanda y en 1998 me sentía completamente aplastado. Fui a testificar, pero cuando regresé estaba tan cansado emocionalmente que no pude trabajar durante seis meses. Después volví a trabajar. Los médicos, al cabo de un año, dijeron que no avanzaba en mi terapia porque estaba todavía demasiado implicado con Ruanda y que mi objetivo era suicidarme trabajando. No podía ir al dormitorio porque el silencio era enorme y me resultaba insoportable; me quedaba en mi trabajo. En casa me caía de cansancio en el sofá, pero necesitaba siempre mucho ruido a mi alrededor. Todas aquellas imágenes me venían a la mente. En abril de 2000 me licenciaron de las fuerzas armadas.

Creo que pensó en el suicidio.

        Lo intenté varias veces. Y si no lo conseguí fue porque no me dejaron solo. Siempre venía alguien. Sufría de una herida que siempre ha estado considerada como no honorable. Una herida en el brazo es honorable, pero una herida en la cabeza, entre las orejas, no lo es; en las estructuras militares se es valiente o se es cobarde. No se entiende el traumatismo que daña el cerebro y que nos imposibilita para continuar porque hemos perdido la confianza, la capacidad de concentración, porque no podemos seguir. Ha sucedido en todas las guerras. Y hay que ocuparse de esos soldados heridos. A nosotros, en Canadá, se nos considera como veteranos heridos igual que a los que han perdido un brazo, y recibimos compensaciones y tratamientos. Pero hemos luchado ocho años para lograr ese derecho.

¿Cómo se encuentra ahora?

        El libro está escrito, la historia está ahí. Fui al tribunal a presentar mis informaciones contra el diablo. Estoy aliviado y vivo un poco como una persona diabética, que necesita tomar insulina todos los días para estar en un estado normal. Yo tomo unas cuantas pastillas al día para estar, digamos, normal. Pero estoy herido…

Cuando dejó Ruanda, ¿fue a pedir explicaciones a alguien?

        No, lo que hice fue escribir un informe detallado sobre las lecciones aprendidas y los puntos que yo consideraba como errores. Después formó parte del informe Brahimi, que es un informe sobre reformas de los oficios de la paz. Nunca fui a buscar culpables, yo ya tenía mis ideas al respecto: quién tenía responsabilidades, quién tomó decisiones. Viví con eso y seguí trabajando en mi casa. Por eso tardé siete años en empezar el libro y luego tres más en escribirlo.

Y ahora va por el mundo contándolo…

        Sí, ya lo he hecho en EE UU y en el Reino Unido. Doy muchas conferencias a los militares, a ONG y a estructuras gubernamentales.

General, ¿usted sabe por qué mataban con machete en vez de disparos? Un escritor y periodista polaco, Kapuscinski, cuenta en uno de sus libros, ‘Ébano’, que lo del machete se hacía para que todo el mundo estuviera involucrado en el crimen, con las manos manchadas de sangre…

        Creo que eso es un poco de imaginación. Los extremistas asustaban a las personas a través de la radio, la radio era la voz de Dios, y la voz de Dios les decía que mataran con el machete, porque las balas son muy caras y las reservaban para luchar. Los machetes venían de China. No distribuyeron armas de fuego hasta un mes antes del principio de la guerra. La gente allí es muy hábil con el machete; es un instrumento de la agricultura. Les pareció la solución ideal. Así que usaban el machete o un palo pequeño con algo así (dibuja un pequeño pico) en el extremo, que sirve para excavar en la tierra, y los clavaban en la cabeza y abrían los cráneos

Secuelas del genocidio y la guerra

El SIDA en las mujeres de Ruanda y Burundi

Secuelas del genocidio y la guerra

 

Los homicidios, torturas y violaciones cometidos durante 1994 en Ruanda constituyen una de las peores tragedias de derechos humanos del siglo XX.

 

Un genocidio que tuvo lugar en el contexto del conflicto que enfrentó a las fuerzas gubernamentales ruandesas, hutus, y el grupo tutsi, Frente Patriótico Ruandés (FPR), hoy en el gobierno. Como resultado de este enfrentamiento, aproximadamente 1 millón de ruandeses fueron asesinados. El FPR subió al poder tras su victoria militar en 1994 y ratificó su permanencia en el gobierno en las elecciones de 2003.

Paralelamente, en estos últimos 10 años en Burundi se desarrolla un conflicto armado en el que ya han muerto cerca de 300.000 personas, la mayoría civiles en los enfrentamientos entre las fuerzas armadas gubernamentales y los grupos políticos armados de oposición.

En ambos países se han producido desplazamientos de cientos de miles de personas a lugares supuestamente más seguros dentro del país o a países vecinos donde se extienden y se complican los conflictos armados como es el caso de la República Democrática del Congo, donde existen grupos armados apoyados por Ruanda y Burundi, algunos de los cuales se disputan las minas de columbita y tantalio, minerales necesarios para las industrias de las nuevas tecnologías.

La comunidad internacional tiene una gran responsabilidad en los conflictos de esta región de los Grandes Lagos tanto por los intereses que allí se juegan en cuanto a la explotación de los recursos naturales como por la omisión de su responsabilidad en el control del tráfico de armas y en evitar el genocidio que tuvo lugar en Ruanda en el año 1994.

En abril de 2000 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas reconoció su responsabilidad por no haber evitado el genocidio y lo definió como “un fracaso de las Naciones Unidas en su conjunto”. Efectivamente las tropas de las Naciones Unidas se retiraron de las zonas de las matanzas en los primeros días del conflicto.

El motivo de preocupación de la comunidad internacional respecto a estos países debería ser hoy las secuelas de ese genocidio y de la guerra posterior al mismo en Ruanda y de la guerra aún en curso de Burundi. Dentro de estas secuelas adquieren especial dimensión las que afectan a los eslabones más débiles de la sociedad: las mujeres y los niños.

Todas las partes beligerantes en estos dos países han empleado la violencia sexual contra las mujeres como un arma bélica para aterrorizar a la población civil, degradar y humillar. En Ruanda son responsables de estas violaciones las fuerzas armadas que durante el genocidio respondían al Movimiento Republicano Nacional para la Democracia y el Desarrollo y su aliado, la Coalición para la Defensa de la República, ambos hutus, pero también utilizaron sistemáticamente la violación como arma de guerra el Frente Patriótico Ruandés, tutsi, que conquistó el poder después del genocidio. En Burundi la mayor parte de los responsables son miembros de las fuerzas armadas burundesas, grupos políticos armados de oposición y bandas delictivas armadas.

En 1996 un informe especial de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas estimaba entre 250.000 y 500.000 las mujeres que fueron violadas durante el genocidio de Ruanda, una cifra extrapolada del número de embarazos que hubo a consecuencia de las violaciones. La Asociación de Viudas del Genocidio (AVEGA), estimaba que el 70% de las mujeres que sobrevivieron contrajeron SIDA y el 80% permanecen “severamente traumatizadas”. En 2003, las ONG de derechos humanos y ayuda humanitaria nacionales e internacionales y los organismos internacionales informaron de un aumento alarmante del número de casos de violaciones de mujeres en el conflicto armado de Burundi. El SIDA y otras enfermedades de trasmisión sexual ha afectado a las víctimas de tales violaciones.

La inmensa mayoría de los violadores, ya sean soldados gubernamentales, miembros de los grupos políticos armados de oposición o particulares no han comparecido ante la justicia y raramente son perseguidos o juzgados.

Muchas de las mujeres violadas en estos 10 últimos años murieron y solamente unas pocas recibieron tratamiento retroviral prolongado. La mayoría no ha tenido acceso a alimentos suficientes para ellas y sus familias. A todo lo anterior se suma la estigmatización que sufren por haber sido violadas y haber contraído el virus del SIDA: son vistas como “inmorales” e “improductivas”. Incluso en sus propias familias son tratadas, muchas veces, con el mismo desdén porque se considera, falsamente, que todos los miembros portan el SIDA.

La enfermedad, la pobreza y la marginación de estas mujeres las vuelven vulnerables a todo tipo de abusos incluida la violación sexual. Sus hijos también son vulnerables y tienen dificultades para conseguir alimentos o acudir a la escuela. Cuando quedan huérfanos tiene dificultades para reclamar sus derechos y herencias quedando muchas veces sin cobijo y sin protección contra la violencia. Además, es sabido que todos los grupos armados reclutan niños para sus milicias.

Estas condiciones dramáticas de las mujeres en Ruanda y Burundi se inscriben en un contexto de empobrecimiento generalizado como consecuencia de la guerra. La población es incapaz de pagar un tratamiento adecuado para paliar los efectos del SIDA. Los servicios públicos de salud cuentan con pocos médicos, escasa dotación y hay poblaciones que viven alejadas de los mismos o en zonas de conflicto.

Por sorprendente que pueda parecer, estos países son objeto de presión por parte de instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que limiten la atención médica gratuita. En 2002, coincidiendo con el momento en que la población de Burundi estaba más necesitada de atención médica adecuada asequible, el gobierno del país estableció una política de recuperación de costes en los centros de salud, es decir, los pacientes tenían que pagar los servicios médicos proporcionados. Si no fuera por la ayuda de las organizaciones humanitarias muchos habitantes de Burundi y Ruanda no tendrían acceso a ningún tipo de servicios.

La dejación de responsabilidades de la comunidad internacional en la zona de los Grandes Lagos durante el genocidio y las guerras en estos últimos 10 años puede agravarse si se desentiende de las secuelas que persisten y que afectan sobre todo a las cientos de miles de mujeres violadas y portadoras de VIH sin que puedan tener acceso al tratamiento gratuito retroviral.

La observación general 14 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales indica claramente la obligación contraída por los Estados Partes en el Pacto de “reconocer el papel fundamental de la cooperación internacional y cumplir su compromiso de adoptar medidas conjuntas o individuales para la plena efectividad al derecho a la salud. A este respecto, se remite a los Estados Partes a la Declaración de Alma Ata, que proclama que la grave desigualdad existente en el estado de salud de la población, especialmente entre los países ricos y los países pobres, así como dentro de cada país es política, social y económicamente inaceptable y, por tanto, motivo de preocupación común a todos los países… Análogamente, los Estados parte tienen la obligación de velar porque sus acciones, en cuanto miembros de organizaciones internacionales, tengan debidamente en cuenta el derecho a la salud. Por consiguiente, los Estados Partes que sean miembros de instituciones financieras internacionales, sobre todo el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo, deben prestar mayor atención a la protección del derecho a la salud influyendo en las políticas y acuerdos crediticios y las medidas internacionales adoptadas por esas instituciones.

Más allá de los programas de cooperación a los que obligan los pactos internacionales, la comunidad internacional debería estar con la frágil situación de las mujeres de Ruanda y Burundi, víctimas de la guerra y la injusticia.

 

Juan Lucas (*)

Agencia de Información Solidaria

24 de mayo de 2004

 

 

(*) Presidente de Amnistía Internacional en España